HAZME EL AMOR


Domingo, 25 Septiembre 2016
HAZME EL AMOR


—Házmelo, te dije al oído.

 

—¡Házmelo!, te repetí con mis senos sobre tu pecho, mis manos acariciando tu cara y mis muslos trenzados a los tuyos.

 

—¡Házmelo ahora!, dije por tercera vez con mi mano acariciando tu sexo. Lo dije con franqueza, con el deseo taladrándome el alma y mis dedos sintiendo esa piel suave y tibia de tu erección. Bebí entonces el deseo de tu boca, devoré tus besos, tu aliento, tus ganas.

 

—Quiero que me cojas apasionadamente, con fuerza. Quiero sentir que te pertenezco, te exigí entre jadeos, mordiéndote la oreja.

 

—Bésame, te rogué, imagina que es el último. Que no me volverás a tener en tu vida. Cógeme como si fuera la última oportunidad, tu repechaje, tu “no me olvides”, te pedí clavando mis uñas en tu pecho.

 

Te me quedaste mirando, como no entendiendo nada. Siempre he sido apasionada, pero la urgencia con la que te estaba pidiendo las cosas, las palabras que usaba, podían delatar al mismo tiempo que era mucha mi calentura o que algo más inspiraba esas advertencias fatalistas.

 

—Anda: juguemos a que mañana es el Apocalipsis y ésta es la que quieres llevarte de recuerdo, rematé traviesa, antes de plantarte un beso que me impidió seguir hablando y a ti discutir nada.

 

Desde que decidí terminar contigo no he podido hacerlo. Prefiero postergarlo. Francamente estoy disfrutando demasiado tu compañía, tu amor, tu tiempo.

 

—Cógeme, dije nuevamente. Y así lo hiciste, una y otra vez.

 

Te hundiste entre mis piernas empapadas y me diste un beso suave, metiendo tu lengua en mi boca, jugando con la mía, lamiendo mis dientes, apretándome el labio, cortando mi aliento.

 

Me hiciste el amor despacio, me dejaste sentir tus manos poco a poco, recorrer mi piel, acariciar mi cuerpo codicioso por tenerte y sentirte, deseoso de que fueras parte de mí, que me invadieras, que me profanaras, que me declararas tuya, y me secuestraras en tus brazos negándote a la posibilidad de que exista una última vez. Qué me atraparas allí, en tus besos, en tus brazos, en tu mirada, en tu corazón. En tu candor, que te hace no saber el laberinto en el que estás metido.

 

Me hiciste el amor con ternura, besándome despacio, llenando poco a poco de sensaciones cada molécula de mi cuerpo, llenaste mis labios de ti, mi piel, mi cabello, mis articulaciones, mis curvas, mis bordes, mis senos, mi ombligo. Nada me pertenecía, tú controlabas todo en mi cuerpo, era tuya, un territorio ocupado, un cuerpo vencido, tu esclava, tu propiedad, ¿a dónde podía ir? ¿Cómo podía decidir que sería la última vez, si te pertenecía? No me estabas cogiendo, me habías colonizado.

 

Me hiciste el amor con paciencia, cocinando a fuego lento el plato de mis emociones. Encendiendo y apagándome incendios diminutos en zonas específicas y controladas. Besabas y mimabas un rato por un lado y cuando el placer era superior, interrumpías y comenzabas a encender el fuego en otro lado, dejando las cenizas humeantes del primero exigiendo más y la madera ardiente del segundo sin desear que te movieras. Me regalaste tantos orgasmos que mi cuerpo comenzó a perderse y mi mente a divagar.

 

Me hiciste el amor generosamente, alimentando mi egoísmo, como si fuera sólo mi goce el que importara, como si en verdad creyeras que un Apocalipsis se acercara y quisieras regalarme esa última experiencia, o como si supieras que tomándome así no habría manera de que aceptara que algo tan maravilloso terminara, que no volviera a vivirlo, a coger contigo, a experimentar el goce de tus dedos, tu presencia dominante, masculina, perfecta. Y entonces me penetraste. Lo hiciste despacio. No para evitar lastimarme, sabías que estaba tan lubricada que habría entrado sin resistencia. Lo hiciste despacio para alargar mi agonía, porque sabías que lo deseaba, que no podía resistir un segundo más sin sentir tu miembro erecto moverse dentro de mí, hacerme el amor, matarme lentamente, acuchillando mis entrañas, sentir tu peso ahogarme y cobijarme, tu amor hacerme tuya, perderme, pertenecerte. Construir esos orgasmos dichosos, monumentales, perfectos.

 

Me hiciste el amor por muchas horas y lo hiciste espléndidamente. Yo también, porque lo hice pensando que sería la última vez, que antes de la próxima tendría que hablar contigo y decirte, que lo nuestro no puede ser, sin saber bien a bien el porque. De todos modos, no quiero que ésta sea la última, tal vez pueda esperar. Tal vez mañana o pasado, pero si vuelve a suceder, si de nuevo estamos solos y amándonos, quisiera volver a vivirlo como si no hubiera mañana. Disfrutar la vida así te obliga a hacer que valga la pena.

 

-Zayuri Valencia




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Disculpen las molestias, esto es una Revolución





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