TRAS DE TI


Jueves, 13 Agosto 2015
TRAS DE TI


Desde la primera vez que la vi de espaldas, sentí el deseo de empujarla y ver como desaparecía bajo ese tren.


Pero hoy ha vuelto a ponerse la bufanda roja que tanto me gusta, esos días ella no lo sabe, pero está a salvo. La he visto bajar las escaleras como cada mañana y la he seguido.


Si cojo el metro en esta calle tardo un poco más en llegar, sin embargo, desde el día en el que tantas casualidades nos hicieron coincidir y creció dentro de mí esta obsesión, el tiempo ha dejado de importar. Me despierto pensando en su pelo negro, brillante y milimétricamente cortado sobre sus hombros. La he podido oler tantas veces dentro del vagón, tan cerca, como si fuera entre mis brazos, y he llegado a casa y su olor seguía prendido en mi chaqueta.


Saboreo cada imagen que dibuja su caída. Elijo por las mañanas minuciosamente la ropa que debería llevar y salgo decidido. Pero ha llegado el invierno y esa bufanda te gusta tanto…


Aprovecho cualquier espejo, cualquier reflejo en el camino para mirarle a los ojos sin que se de cuenta. Lleva el semblante triste, un aire como de cine antiguo, sus labios siempre tan pálidos.


Me gusta sobre todo cuando va leyendo y no mira casi al frente, en esos instantes está tan vulnerable que a veces la empujo disimuladamente y el corazón me galopa frenético.


Pero no con este tren, pienso. Hoy te has cambiado de perfume, me tendré que volver a acostumbrar. Acabas de empezar ese libro tan grande, nunca he sido tan cruel.


Y así van pasando los días. Pero sé que llegará.


Hoy me levanté especialmente triste y todo me dejó de importar. Descolgué cada espejo de esta casa cuando me di cuenta de la inmensa soledad que iba reflejando, del miedo, de la falta de sentido a todo esto.


Pese a todo, emprendí como cada día mi obsesiva rutina. El café amargo, mucho más que de costumbre, el rodeo a la avenida, la “espera” por si hoy aparecía, las mismas escaleras, línea azul, siete minutos. Demasiado tiempo, pensé.


No llegaba, justo hoy, no venía. La mañana no terminaba de asomar, ni asomaría. Anhelé que todo fuera más fácil, inmediato, que no me diera tiempo a pensar mucho.


Entonces llegó.

Imponente.

Veloz.


Cerré los ojos y me dejé caer.


El vagón pasó veloz, apenas a unos centímetros de mi piel, a la que ahora se aferraban unos brazos.


No sé todavía por qué lo hice. Pero mucho menos entiendo porqué lo hizo ella. Cuando extendí los brazos y tiré con fuerza de su bufanda roja, lo comprendí.


A través de: Mírame a las hojas cuando te escribo




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Disculpen las molestias, esto es una Revolución





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