UNA BICICLETA. TRES LECCIONES. UNA VIDA


Domingo, 11 Octubre 2015
UNA BICICLETA. TRES LECCIONES. UNA VIDA

 

Ahí estábamos los dos. Tú tan perfecta como siempre y yo tan temeroso desde que te vi. Lo que venía delante de nosotros no era fácil, pero teníamos que hacerlo. La mañana era genial. El sol  salía tímidamente desde un pequeño resquicio mientras las nubes le daban ese permiso, nosotros lo agradecíamos de forma literal.

 

Tu pants naranja; tu blusa blanca; tu inocente sonrisa, ya no tan niña, pero lentamente casi de mujer. Tomas mi mano. La aprietas. Tu nerviosismo es más grande que tu fortaleza, pero, con mis juegos de siempre trato de sacar ese miedo innato de los dos, esa sensación de despojo que provoca lo nuevo pero qué inevitablemente debemos enfrentar y que mejor que sea de mi mano.

 

Con la misma tranquilidad que llegamos a ese parque, coloco la bicicleta frente a ti alineándola con el camino.

 

¿Lista? – te pregunto.

Me observas con intranquilidad, y observas el artefacto. Algo en tú mente activa ese volumen singular de valor que se debe tener. Sin mediar palabra te subes preparas tus primeras pedaleadas. Asustado me coloco frente a ti observando esos ojos, ahora, llenos de un sin número de sentimientos.

 

Primera lección – te digo mientras tomo fuertemente el manubrio, como si en él se me fuera la vida – EQUILIBRIO. Esto es como todo  en tu vida; debes tener equilibrio para poder avanzar.

 

Golpeo tu mano derecha y la empujo hacia el piso. La reacción lógica es comenzar a temblar pues tu pie apenas alcanzó a poner la planta en el piso, me observas recriminante, pero escuchas con atención.

 

Cuando pierdes equilibrio, caes. Cuando pierdes el equilibrio, te lastimas. Cuando pierdes equilibrio, tienes miedo.

 

Al momento de decir eso golpeo también tú mano izquierda mientras la poco ortodoxa lección es asimilada por tu cerebro. Me observas. Me conoces, sabes que tengo miedo.

 

Dejo mi posición y ahora me coloco a tu lado. Te tomo de la cintura mientras me agacho y pongo tus delicados pies sobre los pedales. Me detengo unos segundos. Veo tus pies. Aún recuerdo como los puse sobre el piso por primera vez. Algo en mi estómago detona algo en mis lagrimales, que rápidos atienden el llamado.

 

En cuestión de segundos recuerdo tus primeros pasos, y sé, que en este momento, ha sido el momento de darles una nueva lección. Me pongo de pie y entre simulaciones tontas de fortaleza te explico.

 

Segunda lección – le digo mientras te aprieto – FUERZA.

 

Tomo el asiento y el manubrio. Comenzamos el avance. Tus ojos estaban pegados al camino, mientras tú corazón aun no entiende como se metió en ese embrollo.

 

El secreto es no dejar de pedalear… ¡Nunca!… ¡Esa es la clave!

 

No pierdas tú fuerza – te digo mientras comenzamos el avance – siempre te cansarás, en la vida siempre encontrarás momentos donde quieras dejar de luchar, pero recuerda, si dejas de pedalear caes, si pierdes tu fuerza, perderás.

 

Tu determinación me sorprendió. Nunca había visto en ti esa obstinación. Me agradó, pero a la vez, me asustó. No podía comprender como en un pequeño cuerpo existiera tanto coraje y determinación. De nuevo, te admiro; te respeto; me enorgullezco de ti.

 

Tercera lección – aún sorprendido – DETERMINACIÓN.

 

Lentamente comencé a caminar junto a ti. Tus ojos se abrían de forma increíble. Lentamente, bajo tu petición comienzo a soltar la bicicleta gradualmente, pero inevitablemente, como suele ocurrir en este tipo de ejercicio de aprendizaje caíste lejos de mis brazos. Corrí a verte.

 

Tu mano en la rodilla y con lágrimas en los ojos eran el cuadro que había frente a mí. Llorabas, no de dolor, no de miedo, sino de frustración. El preguntar tu condición era algo estúpido pues tus ojos eran evidentes más tu expresión era desconocida para mí.

 

Te observé por un momento, respiré profundo y me senté junto a ti; en ese piso adoquinado y húmedo que nos acompaña. Te tomé de la cabeza y  besé delicadamente tú cabello como lo hice el primer día que te tuve en mis brazos. Tu reacción inmediata fue llorar desesperadamente. Mis brazos habían convertido tú dolor y frustración en miedo, en desesperación por no encontrar una solución lógica.

 

¿Qué te he dicho?… ¿Por qué nos caemos?

Con mi mano levanto tu rostro y observo esos pequeñitos ojos rojos. Mientras seco tus lágrimas, tú respondes.

 

¡Para levantarnos!

Los dos nos pusimos de pie. Yo primero. Te extendí la diestra mientras tú la observas y aprietas fuerte mi mano. Un jalón y ya estás de nuevo de pie. Tu cuerpo de nuevo se subió a la bicicleta, mientras tus ojos aún siguen expulsando pequeños diamantes cristalinos.

 

¿Te ayudo?

 

Con tu nariz aún húmeda levantaste tú mano pidiendo que me alejara.

 

¡No papá!…¡Yo puedo sola!

 

Después de más de cien intentos, tus pies consiguieron mantener el pedaleo y tu cuerpo logro establecer el equilibrio y la fuerza para mantenerse avanzando. A los pocos metros bajaste de la bicicleta. A la distancia, nuestros ojos hicieron contacto una vez más; como en aquella ocasión donde te prometí que jamás te abandonaría.

 

Esa mañana de domingo me di cuenta que te he enseñado grandes lecciones para toda tu vida: Equilibrio, Fuerza, y Determinación, y tú me has enseñado de nuevo, que eres más grande de lo que yo nunca podré ser.

 

Nuestros ojos siguen perdidos el uno en el del otro mientras nuestra sonrisa congelada se ve adornada por esa luz dominical. Avanzas lentamente hacia mí, levantas tu mano y ambos chocamos los cinco en señal de que éste día la lección fue aprendida.

 

Ambos cansados. Ambos golpeados. Ambos felices,  avanzamos hacía el sol que ha sido testigo de un nuevo capítulo en nuestra vida, hoy me has enseñado más a mí de lo que puedo enseñarte.

 

Equilibrio, fuerza, determinación, tres palabras que hoy aprendiste, sobre una pequeña bicicleta color rojo.

 

Autor: Edel López Olan





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